Pocas estampas tan castellanas como la de una perdiz en Tordesillas. Yo misma, la perdiz que se está recorriendo las Rutas de Delibes, pueblo a pueblo.

delives-ruta-perdiz-tordesillasPasé el mes de agosto entre Olmedo y Tordesillas y fui a dar con mis plumas a los pinares que abrazan el Parador Nacional. Casi pegados al Duero, los pinares tordesillanos no tienen cuestas ni humedad(al menos durante el mes de septiembre), en donde canta la chicharra a la hora de comer y se oyen los gritos de los niños que se bañan en la piscina del Parador.

¡Había tanto que ver en Tordesillas! Pero yo soy una perdiz y corro muchos riesgos cuando me acerco a las primeras casas de cualquier pueblo. De todas formas, algo visité. Soy muy temeraria y quizá por eso me eligieron para hacer estas Rutas de Delibes por la provincia de Valladolid. En Consejo solemne, las perdices representantes de cada una de las comarcas vallisoletanas me eligieron para recorrer estos treinta y tantos pueblos que componen las rutas. Esta vez en Tordesillas, por el que pasan las rutas 1 y 4. La ruta 1 que se basa en el libro de Delibes llamado Las perdices del domingo (ahí se nombran a tres antepasadas mías) y la ruta 4 que recorre los pueblos que aparecen en El último coto.

En Las perdices del domingo recuerda Delibes sus tiempos mozos, cuando se cazaba en cualquier sitio y se acercaba con la cuadrilla a Tordesillas, a cuarto de hora de la capital:

Cacería de viejas glorias (12-12-76)

Todos, excepto Manolo, que está a punto, hemos rebasado el medio siglo y por ahí, por deficiente forma física, me temía yo que pudiera fallar la excursión. Ésta, sin embargo –alicientes cinegéticos al margen-, resultó un éxito: volvimos a sentirnos jóvenes, cosa importante a cierta edad, evocamos los remotos tiempos de Tordesillas y Villafuerte de Esgueva (entonces todo el monte era orégano y la cuadrilla, al tiempo que desayunaba en la churrería La Madrileña, antes de acomodarse en el viejo Chevrolet, decidía, sin cortapisas, el lugar donde le apetecía desplazarse).

En El último coto recuerda la aparatosa tormenta que se desencadenó en Tordesillas días antes del 20 de julio de 1988.

A mí me preocupa más el texto de Las perdices del domingo¸ porque estoy convencida de que en aquellas jornadas cayó alguno de mis bisabuelos o hermanos de mis bisabuelos. Me los imagino después en la cocina de la madre de Miguel Delibes, recién desplumados… Aquí, en Tordesillas, no se ofrece ahora mucha perdiz en los restaurantes, lo cual es un alivio. Además, supongo yo, serán casi todas de granja. Las perdices de campo-campo no nos llevamos mal con las de incubadora, pero ellas son otra cosa. Lo dijo siempre el propio Delibes, que gustaba de cazarnos a nosotras, las auténticas.

Una mañana, en media docena de vuelos, pasé de picotear placenteramente los pinares del Parador a tener las plumas tiesas ya dentro de la ciudad de Tordesillas. Me encontraba bajo el monolito de las Rutas de Delibes, desde el que se ve el valle y el río. Tenía mi objetivo a vista de pájaro (valga la redundancia): el Museo del Tratado y su puerta principal, que iba a traspasaren horario de visitas. ¡¡Cuánto peligro!! En fin, apeoné hasta uno de los setos del jardín próximo y me puse a recordar, antes de entrar en el museo, a tantos y tantos personajes de la historia de España que han pasado, nacido, vivido… que han tenido que ver con Tordesillas: desde Alfonso XI hasta Juana la Loca, desde Isabel la Católica hasta Pedro I el Cruel, Juan II de Castilla, los comuneros, la dinastía Trastámara…

No eran dadas las 12 cuando vi que tanto el jardín como la calle que llevaba al museo se quedaron vacíos. En un vuelo rápidome posé a dos metros de la puerta. Las perdices, se sabe, hacemos algo de ruido al posarnos. Muy leve, pero era menos arriesgado posarse en la calle que dentro del museo. Entré en silencio y vi todo aquello. Descubrí cómo era el mundo antes, durante y después del Tratado. Mapas, maquetas de las carabelas, la redacción del Tratado… Me imaginé a los reyes de Castilla Y Portugal, con toda la ceremonia que tuvo que llevar aquello, diciendo: “De la raya para la derecha, para Portugal; de la raya para la izquierda, para Castilla”. Y, sin perder de ojo la puerta (por si entraba alguien y me veía en un apuro), recorrí el museo y salí con cierta facilidad y eché a volar hacia los pinares del Parador. Ufffff, el peligro había pasado y había logrado colarme en el museo, aunque sé que algunas perdices resabiadas no se creerán mi aventura.

Ahora, visto parte de Tordesillas y dejadas de ver otras muchas cosas, ando de vuelos cortos por el término municipal, ese que conoció Miguel Delibes cuando iba con la escopeta al hombro. Me llegan noticias del Consejo Provincial de Perdices de que los resultados que van dando mis vuelos por las Rutas de Delibes son muy positivos. Habrá que seguir así, pueblo a pueblo, pateándome y sobrevolando las tierras que un día, por qué no decirlo, fueron del escritor.

Jorge Urdiales Yuste
Investigador de Miguel Delibes