No me asustan los fríos del invierno. Nosotras, las perdices castellanas, podemos permanecer impasibles en medio del páramo mientras nieva y no deja de nevar.

No digo yo que las perdices de incubadora, las que se han criado en granjas, no pasen las de Caín cuando llegan los bajo cero, pero nosotras… aguantamos lo que nos eche el cielo. Somos como los osos polares en Alaska. Cuento esto porque pienso seguir recorriéndome los pueblos de las Rutas de Delibes hiele o nieve. Este que narro hoy es mi tercer pueblo: Villanueva de Duero, por el que pasan las rutas 1, 5 y 6 (de las Rutas de Delibes). Comencé estos recorridos en agosto pasado en Olmedo, septiembre en Tordesillas y a mediados de octubre me tocó Villanueva de Duero. No viajo al tuntún, ni siquiera voy donde quiero. Me atengo al recorrido que se acordó en el último Consejo de perdices de las distintas comarcas vallisoletanas celebrado entre Quintanilla de Onésimo y Cogeces del Monte. En octubre, según la resolución definitiva del Consejo, tendría que conocer Villanueva de Duero.

De Tordesillas a Villanueva el trayecto es corto para nosotras y largo para las personas que cogen el coche. ¡Qué vuelta que tienen que dar! Nunca se hizo una carretera entre Villamarciel y Villanueva con un puente sobre el Duero, que habría acortado el trayecto entre Villanueva y Tordesillas. Claro que a mí, que vuelo sobre vegas, ríos, sotos o cervigueras, todo esto de los obstáculos naturales me da igual. Cierto es que las perdices nunca hemos llegado a tener la visión general del paisaje que contemplan las águilas, pero al menos nos podemos desplazar en línea recta de un sitio a otro.

A primeros de octubre comencé a subir el Duero, río arriba, con la intención de conocer este nuevo pueblo. Había pasado un par de semanas en el Parador Nacional de Tordesillas, que tiene unos pinares estupendos. Andaban entonces por allí un par de bandos de perdices y la vida se me hizo fácil con ellas. Río arriba dejé a la izquierda San Miguel del Pino y llegué hasta Villanueva de Duero. Mis amigas de Tordesillas me habían hablado de una feria de oficios antiguos en el pueblo. Como dirían mis bisabuelas, una feria muy nombrada. Y este año se iba a celebrar los días 15 y 16 de octubre. Así que una servidora se posó en los primeros sembrados del término de Villanueva un 13 del mismo mes y se dedicó a buscar algún bando de patirrojas para sentirse más tranquila en el pueblo. El 14 por la tarde ya andaba yo acompañada de otras seis perdices y el 15 comenzó la feria. ¡El pueblo estaba ocupadísimo preparando los puestos, las mulas, la trilla…! Desde el alcalde hasta el último de sus vecinos. El bando de perdices afincado en Villanueva de Duero me dijo que podríamos colarnos en las calles donde ponen todos los puestos pero de dos en dos, como la Guardia Civil. Es tal el jaleo de gente, me dijeron, que lo natural es que no nos pasase nada.

El día 15 por la mañana entramos una compañera y yo en el pueblo a través de un camino que se empina levemente hasta llegar a la iglesia. Enfrente ya habían preparado todos los juegos infantiles: la rana, los bolos, una gran soga para saltar a la cuerda… A pocos metros, la pista para jugar a la calva. Por una calle estrecha accedimos a la feria. El ternero y unos patos que estaban enjaulados nos miraron sorprendidos. “¿De dónde venís?”, nos preguntaron. “Esta viene de Tordesillas”, dijo mi amiga. “Cuidado al llegar a la plaza, que todavía no hay mucha gente y podéis tener problemas”.

En esta feria hay de todo: uno que fabrica adobes, un herrero, el apicultor, la castañera, la bolillera, el cabrero, una tienda de bicicletas, peluquería, carpintería, la escuela, el vocero, el cartero… Nos paramos donde el apicultor.

Foto: Jorge Urdiales Yuste

Foto: Jorge Urdiales Yuste

Andaba un chiquillo manejando un humeón de los antiguos, de los que sirven para ahuyentar a las abejas cuando uno quiere coger miel. Escuchamos el ruido del afilador mientras da vueltas la rueda de piedra. A pocos metros un señor se dejaba cortar la barba en la barbería. En la plaza ya andaba de ronda la pareja de la Guardia Civil. El señor cura charlaba con el cartero y en la escuela se acababan de colocar los últimos pupitres.

Nos asustó algo la cocina que habían preparado en uno de los puestos, la verdad. “Igual nos agarran y nos guisan al mediodía”, le dije a mi amiga. “Tranquila, mujer, que lo que van a cocinar hoy son patatas con bacalao”.

Foto: Jorge Urdiales Yuste

Foto: Jorge Urdiales Yuste

Recorrimos todos los puestos sin muchos sobresaltos. Un par de patadas y un pisotón tuve que sufrir, pero yo creo que los turistas se pensarían que éramos parte de la feria, que nos habían soltado allí los vecinos de Villanueva como una atracción más. A la sala en donde se exponían todos los recipientes para guardar leche, aceite, etc. no entramos, que una cosa es una cosa y dos son dos. Pasar a un sitio cerrado con gentes desconocidas ya son palabras mayores.

No nos queríamos perder el manejo del arado romano sobre el terreno, justo antes de comer, así que salimos por donde habíamos entrado hasta llegar a la primera tierra de labor. De camino, los chicos y mayores andaban jugando a la calva, uno de esos juegos rurales muy curiosos, que yo no había visto jugar en los pueblos de la provincia de Valladolid que conozco. Ya en la tierra, las mulas (los machos que le dicen en estos pueblos) llevaban sus collarones y su arado romano y… comenzaron la exhibición.

Foto: Jorge Urdiales Yuste

Foto: Jorge Urdiales Yuste

A la tarde hubo mucho más, con chorizo al vino en el taller de cocina y visita a otros puestos. El domingo vimos cómo pisaban la uva y cómo ofrecían después el mosto en pequeños vasos de plástico, al herrero dar una y otra vez con el martillo, al adobero, rodeado de chiquillos, fabricando adobes… En la pista se seguía jugando a la calva. Enfrente, dejando la iglesia a la izquierda, una vieja máquina beldadora hacía las veces de pared para unas cuantas escobas recién atadas. Escobas de verdad, de las que crecen en el campo y que luego barren las eras o el corral en estos pueblos.

Foto: Jorge Urdiales Yuste

Foto: Jorge Urdiales Yuste

Se nos había echado la tarde encima con su domingo y su fin de semana y tenía olvidado el objetivo último de estos viajes: las Rutas de Delibes. En unos cuantos vuelos me acerqué hasta la D que han colocado a las afueras del pueblo, junto al salón de actos, quizá, el más moderno de toda la provincia. Allí leímos mi amiga y yo la cita que llevan todas las D (esta sacada del libro Con la escopeta al hombro):

En un día así, el cazador y su cuadrilla han visitado el cazadero de Villanueva, un cazadero acogedor, con el río Duero embalsado en su tramo más majestuoso rematando un costado, y dos manchas de encina y pinares entre tierras de labor –secano y regadío- cerradas en el extremo opuesto por extensos y arrugados campos de vides.

Luego me enteré por mi amiga que el ave que las Rutas de Delibes explican para este pueblo es la torcaz, la planta es la zarzamora y la palabra del lenguaje rural que emplea Delibes y que es válido en Villanueva de Duero es la niebla meona.

“Delibes cazó muchísimo aquí, en la finca de los Araoz. ¿No ves que está a 20 kilómetros de Valladolid? Si la niebla se volvía a cerrar, don Miguel no tenía más que cogerse el coche y se plantaba en su casa en 15 minutos”. Es lo último que me contó mi amiga, que lleva toda la vida en Villanueva de Duero. Yo, con las plumas llenas de nuevas experiencias, me alejé del pueblo hacia unos pinares próximos. El mes que viene me podréis ver en Villanubla, el pueblo del aeropuerto.

Jorge Urdiales Yuste