La SD Huesca de Bolo sigue empeñada en ser un equipo inofensivo que regala puntos por falta de tensión competitiva. El 1-0 en Valladolid no es un accidente, es el castigo merecido a un conjunto que sesteó tras el descanso y que carece de colmillo en el área rival.

1-Real Valladolid: Guilherme; Alejo, Ramón Martínez, David Torres (Jaouab 41′), Clerc; Juric, Ponceau (Meseguer 82′), Chuki, Peter (Michelin 82′), Canós (Lachuer 72′) y Marcos André (Latasa 72′).

0-SD Huesca: Dani Jiménez; Toni Abad, Pulido, Carrillo, Liberto (Jordi Martín 70′); Sielva, Jesús Álvarez (Seoane 78′), Portillo (Luna 59′), Dani Ojeda (Efe Aghama 78′), Laquintana (Escobar 59′) y Enol.

Árbitro: Andrés Fuentes Molina. Amonesta a Enol, Seoane y Sielva  por el Huesca; y a Clerc y Lachuer  por el Valladolid.

Goles: 1-0, min. 52: Marcos André.

Incidencias: Encuentro correspondiente la jornada 28 de LaLiga Hypermotion disputado en el Nuevo Estadio José Zorrilla ante 18.367 espectadores.

Lo de la SD Huesca en el José Zorrilla fue, una vez más, el «quiero y no puedo» de un equipo que parece conformarse con competir dignamente mientras los puntos vuelan a la cuenta del rival. No sirve de nada que Enol avisara a los siete minutos con un cabezazo que detuvo el portero local si, tras ese fogonazo inicial, el equipo decide echarse una siesta táctica y ceder el mando a un Valladolid que no necesitó brillantez para dominar. El Huesca juega a rachas, sin un plan de juego sólido que intimide, y encomendándose a una suerte que, lógicamente, le acaba dando la espalda.

La desconexión tras el paso por vestuarios raya lo negligente. Es incomprensible que un equipo que se está jugando el pan salga en la segunda parte con una caraja mental que obligó a Dani Jiménez a vestirse de santo antes de que llegara el mazazo definitivo. En el minuto 52, la defensa oscense volvió a ser un flan, permitiendo que el Pucela encontrara el premio del gol con una facilidad pasmosa. Encajar nada más empezar el segundo acto no es mala suerte; es una falta de concentración alarmante que se está convirtiendo en la seña de identidad de este proyecto.

A partir de ahí, el carrusel de cambios de Bolo fue un intento desesperado de arreglar con parches lo que no se trabajó desde el inicio. Entraron Jordi Escobar, Dani Luna y más tarde Seoane, pero la música seguía siendo la misma: posesión estéril y una falta de puntería que roza lo tragicómico. El Huesca llegó, merodeó el área y forzó córners, pero en los metros finales se apagan las luces. Falta jerarquía, falta calidad y, sobre todo, falta esa mala leche necesaria para morder cuando el partido agoniza.

Al final, otra derrota por la mínima que maquilla una realidad preocupante: este Huesca es un equipo tierno, previsible y castigado por su propia indolencia. Si el objetivo es algo más que verlas venir, la autocrítica en El Alcoraz debe ser feroz, porque con «dar la cara» no se mantienen las categorías ni se ilusiona a una afición que empieza a cansarse de ver siempre la misma película de impotencia.